Cuenta una antigua reflexión que alguien le preguntó al Señor:
“Si puedes crear cualquier cosa, ¿por qué no dejaste que fuéramos jóvenes para siempre?”
Dios sonrió y respondió:
Reduje tu capacidad de vista para que miraras menos el mundo exterior y más tu propio interior.
Permití que aparecieran arrugas para recordarte que la belleza verdadera nunca ha estado solo en el rostro.
Disminuí la fuerza de tus piernas para que caminaras más despacio y pudieras reflexionar con mayor profundidad sobre tu vida.
Atenué tu oído para que prestaras menos atención al ruido del mundo y más a la voz que te habla desde dentro.
Te regalé más tiempo para descansar, para que libre de la prisa y de la obsesión por lo material, pudieras buscar la paz que permanece.
Luego añadió el Todopoderoso:
La vejez no es un castigo. Es una preparación suave, paciente y amorosa para desprenderse de lo que ya no es necesario.
La belleza de la vejez no está en lo que se pierde, sino en lo que se aprende a soltar.
Tal vez la vejez es el modo en que Dios nos enseña gratitud, aceptación, serenidad… y nos prepara para abrazar con paz el último tramo del camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario