El Blog de la Bruja

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jueves, 27 de agosto de 2026

en la Escuela de la vida, nadie te pregunta si quieres inscribirte.

Basta con nacer y ya estás matriculado. 

No hay uniformes ni pupitres asignados. 

Y el año escolar, nunca termina.

Lo curioso es que, en esta Escuela , somos alumnos y Profesores.

 Donde el gran maestro, es el tiempo: ese Profesor exigente, paciente y a veces severo. 

No avisa de los exámenes.

Un día te despiertas y ahí está el examen en el pupitre. 

Y si no has estudiado, no tiene sentido pedir un nuevo examen. 

Algunas materias son fáciles:

* * El amor,

* * La amistad, 

* * La alegría. 

Otras requieren más esfuerzo:

* * La paciencia,

* * La tolerancia, 

* * El perdón.

También hay materias que preferiríamos NO cursar: 

* * el dolor, 

* * la pérdida,

* * la soledad. ,

* * la enfermedad 

Pero es a través de ellas que el aprendizaje se profundiza,

El Director de la Escuela, es DIOS, tiene una forma muy particular de preparar las clases. 

A veces enseña desde el cariño; otras, desde la dificultad.

Y así acumulamos calificaciones, sin una boleta impresa, pero con un registro invisible en nuestros corazones. 

En el conflicto, aprendemos a valorar la paz.

En la escasez, descubrimos lo suficiente. 

Al presenciar la injusticia, practicamos la empatía. 

Y en la vida diaria, aprendemos el difícil arte de AMAR AL PRÓJIMO , un Curso, que algunos repiten durante años, sin llegar a dominar.

En esta Escuela, No hay vacaciones.

No suena la campana para terminar el día.

Cada día es una nueva lección.

Y quizás, el Diploma final sea la serenidad de mirar atrás y decir:¡Aprendí! Cometí errores, pero ¡aprendí!

Vive esta lección hasta el último capítulo.

AUTOR: Tú y nadie más que tú.

miércoles, 26 de agosto de 2026

miércoles, 5 de agosto de 2026

compañias invisibles - Anónimo

Hoy amaneció lloviendo.

La casa todavía estaba envuelta en ese silencio suave, que sólo conocen las mañanas de lluvia.

La cafetera comenzó a cantar en la cocina.

Las plantas del jardín brillaban cubiertas de pequeñas gotas como si alguien hubiera pasado la nochecolgándoles diminutos espejos.

Y yo, con la taza tibia entre las manos, sentí que estaba entrando en uno de esos días que no tienen prisa por llegar a ninguna parte…

Fue entonces cuando aparecieron.

No los vi. Pero allí estaban.

Los reconocí por la forma en que el alma se acomoda cuando ciertas compañías llegan.

García Márquez se sentó junto a las bugambilias y convirtió la niebla de la mañana, en algo parecido a un hechizo.

Benedetti caminó despacio por la cocina, dejando palabras sencillas sobre la mesa, como quien deja pan recién horneado.

Cortázar abrió una ventana invisible y permitió que entraran todos los mundos posibles.

Y Sabines… Sabines se quedó observando la lluvia. Sin decir nada. Porque hay silencios que también escriben poesía.

Más tarde llegaron los pintores.

Monet se entretuvo contemplando el jardín mojado. Parecía feliz viendo cómo la luz cambiaba de color sobre los pétalos empapados.

Van Gogh se robó un pedazo de cielo grisy lo llenó de movimiento. Hasta las nubes parecían respirar.

Frida apareció entre las macetas. Firme. Hermosa. Indomable. Como esas flores que siguen creciendo, aunque el viento intente doblarlas.

Y mientras el día avanzaba,

la música comenzó a recorrer los pasillos.

Serrat acomodó recuerdos sobre las repisas.

Silvio llenó los rincones de preguntas.

Y Sabina… Sabina convirtió la lluvia en una vieja historia, que daba gusto escuchar otra vez.

Entonces comprendí algo, que tal vez la riqueza de una vida no se mide por lo que poseemos.

Tal vez se mide por todas las bellezas que hemos permitido entrar.

Los libros que nos cambiaron. Las canciones que nos rescataron. Los cuadros que nos enseñaron a mirar. Las palabras que llegaron justo cuando más las necesitábamos.

Porque después de tantos años, todos ellos viven aquí. En mis gestos. En mi forma de contemplar una flor. En la manera en que observo el cielo. En la costumbre de emocionarme todavía, cuando la lluvia toca las ventanas.

Y mientras terminaba mi café, entendí que nunca he estado solo.

Llevo una pequeña biblioteca en el alma.

Un museo entero en la memoria.

Y una colección de canciones, haciendo guardia junto al corazón.

Qué maravilla, llegar a cierta edad y descubrir que la vida, además de años, también nos regala compañías invisibles.

Esa que aparece en las mañanas lluviosas, se sienta a nuestro lado, y nos recuerda, sin decir una sola palabra, todo lo hermoso que hemos vivido…!