Cuando tenía unos 8 años, un actor japonés llamado Nakamura hizo algo que cambió la historia del teatro Noh. En el teatro Noh, los actores usan máscaras. Máscaras talladas en madera, con expresiones fijas: tristeza, alegría, furia, paz. Nakamura llevaba décadas actuando con una misma máscara. Un día, durante un ensayo, intentó quitársela. No pudo. No porque estuviera pegada, sino porque su cara había empezado a tomar la forma de la máscara. Años de sostener esa expresión habían ido, literalmente, moldeando sus músculos faciales. La máscara y su cara ya eran la misma cosa.
La mayoría de nosotros hicimos
algo parecido.
De niños, alguien nos dijo algo:
"No llores,
eso es de débiles."
"No hagas eso, qué van a
pensar."
"Sé fuerte."
"No seas tan sensible."
"En esta familia no se
habla de eso."
Y pusimos una máscara. Al principio era incómoda. Se sentía rara, extraña.
Pero la fuimos usando tanto, tanto, tanto... que dejó de sentirse como una máscara, a sentirse como nuestra
cara.
El problema no es ponerse la
máscara. El problema es olvidar que la tienes puesta. Porque cuando olvidas que llevas máscara...empiezas a
vivir dentro de
la máscara. Y la vida dentro de una máscara se siente
vacía.
Funcional, tal vez.
Productiva, quizás.
Pero vacía.