Decidí vivir bonito, no porque la vida sea perfecta ni porque todo esté en su lugar, sino porque entendí que seguir respirando ya es motivo suficiente.
Ya no tengo cuarenta ni cincuenta años, pero
eso dejó de importarme cuando comprendí que para vivir bonito no se necesita
juventud, se necesita conciencia.
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Vivir bonito es despertar y agradecer, aunque el cuerpo duela un poco. Es tomarte el café despacio, aunque se enfríe. Es mirar por la ventana y encontrar belleza en una nube, en un pájaro, en el silencio.
Vivir bonito no es tenerlo todo, es aprender a
disfrutar lo que tienes, sin compararte, sin correr, sin exigirle más a la vida
de lo que hoy puede dar.
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Antes quería más cosas, más certezas, más
personas. Hoy quiero paz. Hoy quiero momentos. Hoy quiero conversaciones
honestas y risas que salgan del alma.
Hoy abrazo mis arrugas porque cuentan mi historia, y mis nostalgias porque me recuerdan de dónde vengo.
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He aprendido que la edad no te quita nada; te
enseña. Te enseña a soltar, a elegir mejor, a quedarte con lo esencial. Te
enseña que lo pequeño es enorme: un pan caliente, una canción vieja, una flor
creciendo donde nadie la sembró.
Hoy disfruto este pequeño instante porque todavía puedo sentir, recordar, amar. Porque este corazón, aunque remendado, sigue latiendo. Y eso ya es un milagro.
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Así que sí, decidí vivir bonito. Con cicatrices, con pausas, con fe. Sin prisa. Sin máscaras. Con gratitud. Porque mientras haya vida, siempre habrá motivos.
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