Un niño, tiritando de frío y con carita de hambre, vino a recoger un suéter que le ofrecí cuando lo encontré en la calle. Quedaba algo de comida del almuerzo, y le pregunté:
—¿Quieres almorzar? Él respondió:
—Sí, quiero, señora. Y comió de prisa, con muchas ganas. En la mitad del plato, de repente, se detuvo y dijo:
—Señora, ¿me regala un pedazo de papel? Al traerle el papel, envolvió con cuidado el resto de su comida, y explicó:
—Es para mi amigo. Hoy a esta hora, él no ha comido nada todavía.
Quedé asombrada. ¡Y yo pensaba que estaba siendo caritativa porque le di un suéter viejo y un poco de comida que sobró!

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